Ser suficiente: la revolución silenciosa del autocuidado real

Ser suficiente: la revolución silenciosa del autocuidado real

El ruido de la exigencia

Durante años creímos que cuidarnos significaba detenernos, darnos un baño con sales o apagar el teléfono durante un fin de semana. Pero el cansancio que sentimos hoy no se cura con velas aromáticas. Es más hondo, más estructural. El cansancio tiene la forma de un sistema que nos enseñó a medir nuestro valor por la productividad, la entrega y la perfección.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió en 2024 que las mujeres presentan una prevalencia un 70 % mayor de ansiedad y depresión que los hombres, asociada a la sobrecarga laboral, doméstica y emocional. (OMS, 2024) Esta cifra no sorprende: llevamos décadas intentando ser todo a la vez.

El problema es que el discurso del “cuidarte para rendir mejor” no es autocuidado, es marketing. Lo que empieza como bienestar termina convertido en una nueva exigencia.


Cuando el “self-care” se vuelve otra meta imposible

Harvard Business Review llamó a este fenómeno “la paradoja del burnout”: en entornos de alta presión, las personas —especialmente las mujeres— intentan combatir el agotamiento con actividades que, paradójicamente, también demandan tiempo, energía y disciplina.

El resultado es una especie de competencia silenciosa: quién medita más, quién lee más sobre bienestar, quién logra desconectarse sin culpa. Convertimos el descanso en una tarea y la calma en una meta cuantificable.

Como escribió El País ICON, “el self-care se ha convertido en un mandato disfrazado de libertad: una industria que vende descanso a quienes no pueden permitírselo”.


Autocuidado no es consumo, es consciencia

El verdadero autocuidado es más silencioso y, por eso, más revolucionario. No se trata de añadir más cosas a la agenda, sino de restar presión: decir que no, pedir ayuda, aceptar que no todo puede hacerse perfecto. Es un gesto político de resistencia en sociedades que nos empujan a ser “más” todo el tiempo.

Significa permitirnos la mediocridad productiva —un día lento, una casa desordenada, un correo sin responder— sin sentir culpa. Implica redefinir el éxito: no como logro externo, sino como equilibrio interno.

En palabras de la terapeuta española María Fornet, “autocuidarse no es aislarse del mundo, sino habitarlo desde otra lógica: la de la suficiencia”. Esa idea —ser suficiente— es el acto más radical en una cultura de la exigencia permanente.


Feminismo cotidiano y salud mental

El feminismo de los cuidados ha puesto sobre la mesa que el bienestar no puede depender solo de la fuerza individual. Cuidarse también es una tarea colectiva: requiere políticas de conciliación, redes comunitarias y un cambio en la forma en que valoramos el tiempo.

Según la OMS, la carga mental femenina sigue invisibilizada en el trabajo y en el hogar, lo que repercute directamente en la salud emocional. Reconocerlo no es victimismo: es diagnóstico. La salud mental es también una cuestión de justicia social.

Y ahí radica la revolución silenciosa del autocuidado real: dejar de romantizar el cansancio, dejar de competir con la perfección, permitirnos existir sin demostrarnos todo el tiempo.


Un nuevo lenguaje del bienestar

Quizá el futuro del bienestar no esté en nuevas aplicaciones o rutinas de productividad, sino en nuevas conversaciones. Decir “no puedo más” sin miedo al juicio. Aceptar que descansar no es rendirse, es sostenerse.

Porque cuando una mujer se permite ser suficiente, rompe la cadena invisible de la exigencia que también pesa sobre las demás. Y ese gesto —pequeño, cotidiano, profundamente político— puede cambiar una cultura entera.

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