Raíces en movimiento

Raíces en movimiento

La historia de Iberoamérica siempre ha estado marcada por el movimiento. Hoy, en pleno siglo XXI, esa historia se escribe desde aeropuertos, videollamadas y redes sociales donde la identidad ya no cabe en un solo país. Millones de personas migran —por trabajo, por estudio, por amor, por necesidad— y en ese viaje reconstruyen su sentido de pertenencia. Raíces en movimiento es la historia de cómo, lejos de casa, seguimos inventando formas de volver.


Identidades en tránsito

Las nuevas migraciones iberoamericanas son más diversas que nunca: estudiantes que cruzan el Atlántico, familias que se reencuentran tras años de separación, artistas que mezclan lenguas y sonidos, mujeres que lideran emprendimientos entre fronteras.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de 30 millones de personas nacidas en América Latina y el Caribe viven hoy fuera de sus países de origen. En España, por ejemplo, la comunidad latinoamericana supera ya los 2,7 millones de personas, transformando la vida cultural y urbana de ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia.

Pero migrar no es solo moverse en el mapa. Es también aprender a habitar el entre-lugar: ese espacio emocional donde lo propio y lo ajeno conviven, se mezclan y se transforman.


Segunda generación: entre el aquí y el allá

Para las segundas generaciones, la identidad es una conversación constante. Hijas e hijos de migrantes crecen entre lenguas, costumbres y acentos que dialogan, a veces chocan, pero finalmente se reconcilian.

En Madrid, colectivos como “Soy de Aquí y de Allá”, formado por jóvenes de ascendencia latinoamericana, trabajan para reivindicar una identidad híbrida que no niega el origen ni idealiza el destino. A través de la música, el arte y la palabra, proponen una narrativa migrante más allá del estereotipo del desarraigo.

Como señala la socióloga María José Guerra Palmero, profesora de la Universidad de La Laguna, “la identidad en movimiento es también una forma de resistencia cultural: un modo de habitar la diferencia sin perder la raíz.”


Lenguajes que migran

Cada migración lleva consigo una lengua que se adapta, se mezcla y florece. En las calles de Madrid o Buenos Aires se escuchan acentos que inventan un nuevo castellano. En redes sociales surgen expresiones compartidas que cruzan el Atlántico en segundos.

La escritora argentina Mariana Enriquez lo ha dicho con claridad: “La lengua es el territorio más íntimo que tenemos. Migrar es traducirse constantemente.”
Y en esa traducción surgen nuevas formas de narrar la experiencia, desde la literatura hasta la música urbana, donde los ritmos caribeños se mezclan con el trap o el flamenco.


Arte y memoria de la diáspora

El arte se ha convertido en una de las formas más poderosas de reconstruir memoria migrante. Fotógrafas, cineastas, escritoras y artistas visuales iberoamericanas están documentando las transformaciones identitarias de la diáspora contemporánea.

Proyectos como el de la artista chilena Voluspa Jarpa, que trabaja sobre archivos de migración y exilio, o la fotógrafa mexicana Maya Goded, que retrata comunidades desplazadas, ponen rostro y emoción al fenómeno.

También emergen espacios culturales que operan como puentes: librerías gestionadas por mujeres migrantes, festivales de cine latino en Europa, y plataformas digitales que amplifican voces desde ambos lados del océano.


Pertenecer más allá del territorio

La pertenencia ya no se mide por el pasaporte, sino por las redes afectivas y simbólicas que tejemos. Las comunidades migrantes crean hogares donde el idioma, la comida o la música son refugio y raíz.

En ese sentido, raíz ya no significa inmovilidad, sino memoria viva: algo que se lleva consigo, que crece en otro suelo sin dejar de recordar de dónde viene.

Migrar, en definitiva, es una forma de reinventar el hogar.


Las raíces se mueven, se mezclan, se multiplican. Cada viaje, cada frontera cruzada, cada palabra aprendida en otro acento nos recuerda que la identidad no se pierde: se transforma.
Y que, quizás, la patria más profunda no es un lugar, sino la red de afectos que nos sostiene dondequiera que estemos.

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