Hay días en los que me descubro pensando en todas las veces que me dijeron que el éxito era un viaje solitario. Como si llegar a algún lugar —uno difuso, siempre cambiante, siempre más lejos— dependiera únicamente de mi capacidad individual para resistir, destacar, producir sin pausa. Crecí entre relatos que ensalzaban al genio aislado y a la profesional incansable, mientras el ruido del mundo celebraba a quienes lograban acumular méritos sin mostrar grietas. Pero últimamente algo en mí se rebela ante esa narrativa. Me pregunto qué pasaría si dejáramos de imaginar el éxito como un podio al que se sube una persona a la vez, y empezáramos a verlo como una mesa larga donde siempre cabe alguien más.
Quizá esta inquietud surgió la primera vez que experimenté, de manera visceral, lo que significa que alguien te sostenga cuando estás a punto de caer. No fue un gran gesto, apenas una mano sobre el hombro, una frase que me recordó que no tenía que poder con todo. Ese instante me confrontó con la fragilidad del mito de la autosuficiencia. La cultura laboral insiste en que debemos ser máquinas perfectamente calibradas, inmunes al cansancio y al miedo; pero lo cierto es que nadie avanza en serio sin el pulso de otras personas marcando un ritmo posible. Me gusta pensar que en ese cruce invisible —entre la vulnerabilidad y el acompañamiento— se esconde una forma silenciosa de éxito.
He aprendido, a fuerza de tropezar, que el logro individual tiene una fecha de caducidad emocional. Suma aplausos, claro, pero a menudo deja una sensación hueca, como si lo importante no fuera el camino sino la foto final. Y sin embargo, cuando miro hacia atrás, lo que recuerdo con nitidez no son los momentos de triunfo personal, sino las veces en que caminamos juntas hacia algo que parecía imposible. Las conversaciones improvisadas, las ideas que nacen en la esquina menos esperada, la manera en que la comunidad —esa palabra que a veces suena solemne— se materializa en gestos cotidianos de cuidado. Es ahí donde el éxito se vuelve un proceso compartido, un movimiento que no se explica en singular.
No digo que el mérito no exista; digo que no basta. Que reducir el éxito a una escala individual es ignorar la estructura que vuelve viables nuestros intentos. El trabajo, en su sentido más amplio, es un entramado de apoyos: alguien que nos abre una puerta, alguien que nos enseña sin esperar reconocimiento, alguien que nos protege del desgaste. Pero la narrativa dominante insiste en borrar esas presencias, quizá porque aceptar su importancia nos obligaría a replantear cómo valoramos nuestro propio lugar en el mundo. Sería admitir que no somos producto de un talento aislado, sino de una red de vínculos que nos sostienen incluso cuando no lo vemos.
Pienso en esto y me pregunto si no estaremos necesitando una revolución silenciosa: cambiar la pregunta “¿quién llegó más lejos?” por otra más honesta y más humana: “¿cómo llegamos hasta aquí?”. Esa mirada transforma la idea de éxito en un acto de reciprocidad. Ya no se trata de acumular logros, sino de compartir caminos. De reconocer la interdependencia como una forma de inteligencia. De entender que crecer sola no siempre es crecer mejor. Y que el bienestar compartido —esa frase que a veces suena abstracta— puede convertirse en una brújula real cuando dejamos de competir por un lugar y empezamos a construirlo juntas.
Me gusta imaginar un futuro en el que el éxito colectivo no sea una excepción romántica, sino la regla que guía nuestras decisiones laborales y personales. Un futuro en el que la cooperación no se vea como un gesto de buena voluntad, sino como una estrategia de supervivencia emocional y profesional. Donde el cuidado no sea un trabajo invisible, sino una fuerza que multiplica posibilidades. Donde la pregunta por el “yo” esté siempre atravesada por la pregunta por el “nosotras”.
Tal vez redefinir el éxito no requiera grandes manifiestos, sino un cambio íntimo en la forma de mirar. Detenernos, respirar, escuchar el ritmo de quienes caminan a nuestro lado. Aceptar que nadie es grande en soledad. Que lo que llamamos logro personal casi siempre es el resultado de un tejido colectivo que nos permite avanzar. Y que, al final, el éxito más profundo no es llegar sola a ninguna parte, sino reconocer las manos que nos acompañaron en el camino.
Quizá ahí, en esa simple pero poderosa revelación, empieza otra manera de habitar nuestra vida laboral y emocional: una en la que el éxito colectivo deja de ser una utopía y se convierte en un acto cotidiano. Un acto que se construye entre todas, sin prisa y sin podios, pero con la certeza de que ninguna se queda atrás.
















