La tarde cae sobre una sala de ensayo en Madrid donde, entre cables, cuadernos y tazas de café, una cantautora ecuatoriana prueba una melodía que no termina de encontrar su forma. Se detiene, respira hondo y sonríe: “Debe ser el sonido de estar lejos”, dice, como si la distancia tuviera un eco propio. A miles de kilómetros, en una residencia artística de Lisboa, un pintor venezolano mezcla pigmentos buscando el color exacto de un amanecer que ya no ve, y en el que sin embargo sigue reconociendo su hogar. Y en Montreal, una escritora mexicana corrige un párrafo que le duele: la palabra “frontera” aparece seis veces en dos líneas, como si el lenguaje también migrara para sobrevivir. Estas escenas, dispersas y simultáneas, componen un mapa íntimo de la diáspora iberoamericana: un territorio hecho de ausencia, memoria y creación.
Migrar creando se ha convertido en un gesto vital, casi instintivo, para miles de artistas iberoamericanos que encontraron en el desplazamiento no solo una herida, sino también un espacio fértil. En sus obras conviven los acentos entrecortados, las cocinas heredadas, las palabras que se caen de la boca y vuelven a levantarse, los silencios de la nostalgia y las preguntas que nunca terminan de responderse. No se trata únicamente de producir arte desde el exilio, sino de reinventar la pertenencia en un mundo donde las raíces parecen moverse con la misma velocidad que el avión que las alejó de casa.
Desde América Latina hasta España y Portugal, las comunidades creativas en la diáspora han encontrado en sus trayectorias una forma de contar historias que no caben en un solo territorio. Muchas de ellas narran la tensión entre la pérdida y el descubrimiento, entre el desarraigo y la posibilidad de volver a habitar un lugar sin necesidad de estar físicamente en él. En las galerías de Nueva York se multiplican las obras que dialogan con la memoria de la violencia política, mientras en los teatros de Buenos Aires se representan piezas escritas desde la añoranza europea de los abuelos migrantes. La historia cultural iberoamericana late en ambas direcciones: los que se fueron y los que llegaron continúan trenzando relatos que desbordan cualquier frontera.
En este cruce de caminos, la nostalgia se vuelve materia prima. La artista cubana que transforma cartas familiares en instalaciones, el guatemalteco que graba sonidos de mercados para mezclarlos en composiciones electrónicas, la peruana que teje textiles con tonos que imitan el desierto que dejó atrás: todos ellos construyen una poética del recuerdo que les permite decir “estoy aquí” sin renunciar al “vengo de allá”. En sus manos, la distancia deja de ser una condena y se convierte en una herramienta para mirar de nuevo, con una luz distinta, aquello que parecía perdido.
La diáspora iberoamericana también encuentra fuerza en la comunidad. Son comunes las reuniones improvisadas en departamentos compartidos, los festivales autogestionados, las lecturas colectivas en librerías independientes, los ensayos en garajes prestados. Allí, las historias se cruzan y revelan coincidencias: la primera noche fría en una ciudad desconocida, la dificultad de explicar el sabor del maíz, el temblor del acento cuando se nombra el país de origen. No es raro que esas conversaciones se transformen luego en obras: un poema que recuerda el olor de una guayaba, una performance sobre el cuerpo que viaja, una canción que mezcla ritmos de dos continentes.
Crear lejos implica negociar con el tiempo y con el duelo. Implica aceptar que la identidad ya no es un ancla, sino una corriente que se desplaza y se renueva. Muchos artistas reconocen que, al migrar, su obra cambió antes que ellos mismos. Lo que antes era cotidiano se vuelve símbolo; lo que era paisaje se convierte en memoria. Y de ese cambio nace un lenguaje híbrido, profundamente iberoamericano, que desafía las categorías tradicionales del arte contemporáneo. Un lenguaje en el que conviven la melancolía de una ranchera con la estética minimalista europea, la poesía andina con la urbanidad de las grandes capitales, el barroco caribeño con la experimentación digital.
Pero el viaje creativo no está exento de tensiones. La sensación de no pertenecer del todo en ninguna parte puede colarse entre las grietas del proceso artístico. Algunos hablan de una doble mirada que es al mismo tiempo privilegio y carga: la capacidad de observar el nuevo país con distancia y el antiguo con nostalgia. Esa mirada, sin embargo, es la que permite construir puentes culturales, tender diálogos entre orillas que, de otra forma, permanecerían aisladas. Los artistas de la diáspora se convierten así en traductores sensibles, capaces de trasladar historias locales a escenarios globales sin borrar su esencia.
En cada obra creada lejos late una promesa: la de que la identidad no se pierde, sino que se transforma; la de que la memoria puede ser un refugio, pero también una puerta abierta. Quizás por eso, cuando termina la presentación, la canción o la lectura, siempre queda una sensación de viaje compartido, como si cada espectador hubiese sido invitado a recorrer, aunque sea por un instante, el camino emocional del artista.
Al final, las y los creadores de la diáspora iberoamericana no solo cuentan sus propias historias: nos recuerdan que todos, en mayor o menor medida, estamos hechos de desplazamientos. Que migrar no es solo cambiar de país, sino también de piel, de mirada, de forma de nombrar el mundo. Y que en esa transformación —a veces dolorosa, a veces luminosa— también reside la posibilidad de encontrarnos de nuevo.
Quizás por eso, cuando la cantautora en Madrid termina su canción, cuando el pintor en Lisboa cierra su paleta, cuando la escritora en Montreal subraya su última palabra, lo que queda no es la distancia, sino la certeza de que la creación es un puente. Uno que no exige pasaporte, pero sí sensibilidad. Uno que nos recuerda, con una delicadeza obstinada, que incluso lejos seguimos siendo de algún lugar, y que ese lugar viaja siempre con nosotros.
















