Habitar el cuerpo propio: del mandato al disfrute

Habitar el cuerpo propio: del mandato al disfrute

Una trayectoria entre cultura, identidad y mirada interna

Habitar el propio cuerpo nunca fue una experiencia neutral para las mujeres. A lo largo de décadas, la cultura, los medios y la educación han organizado una serie de mandatos que dicen cómo debe verse, sentirse, moverse e, incluso, comportarse un cuerpo femenino. El resultado: una relación atravesada por la mirada ajena, por expectativas externas y por un deber ser que, muchas veces, eclipsa el vínculo más simple y profundo: el de estar en el cuerpo sin miedo.

Crónicas de Revista Anfibia y Gatopardo han explorado cómo las mujeres habitan corporalidades marcadas por mandatos heredados, mientras análisis de BBC Mundo – Cuerpo y Sociedad muestran que incluso en generaciones jóvenes persiste la presión por encajar en estándares imposibles. Las narrativas sobre el cuerpo femenino siguen siendo, en gran medida, construcciones externas. La pregunta es cómo volver a hacerlas propias.

Habitar el cuerpo implica reconocer que no es un objeto a corregir, sino un territorio a sentir. Y que recuperar ese territorio —en un mundo saturado de imágenes, comparaciones y exigencias— es un acto político, emocional y profundamente personal.


El foco: cuando el mandato se vuelve jaula

El mandato sobre el cuerpo funciona como un sistema silencioso que opera en gestos cotidianos: la forma en la que nos miramos al espejo, lo que censuramos de nosotras mismas, la incomodidad de ocupar espacio o el impulso constante por ajustar lo que se considera “inadecuado”.

Este sistema se alimenta de dos fuerzas: la comparación y la corrección.

La comparación nace en la cultura visual, en redes sociales hipereditadas y en discursos mediáticos que convierten cuerpos reales en cuerpos aspiracionales. La presión por adaptarse a un molde inalcanzable genera una distancia dolorosa entre lo que somos y lo que creemos deber ser.

La corrección, en cambio, surge de la idea de que el cuerpo siempre está “en falta”: hay que moldearlo, disciplinarlo, mejorarlo. Y aunque el autocuidado puede ser un gesto de amor, cuando se vuelve obsesión o castigo se aleja de su propósito original.

El mandato opera así: convence a las mujeres de que su cuerpo debe ser constantemente mejorado para ser aceptado. Pero lo que se pierde en ese proceso es la posibilidad de habitarlo con autenticidad.


Autonomía encarnada: reconstruir la relación con el cuerpo

Volver al cuerpo propio implica desmontar narrativas heredadas. No se trata solo de cuestionar la presión estética, sino de recuperar la soberanía sobre la propia corporalidad: sentir, decidir, ocupar espacios, expresar placer, reconocer límites, ampliar posibilidades.

En esta reconstrucción emergen ideas clave:

  • El cuerpo como experiencia, no como imagen.
    Cuando se lo piensa únicamente en términos visuales, se reduce su riqueza sensorial y emocional.

  • El cuerpo como historia.
    Cada músculo, cicatriz, gesto o postura guarda memoria. Habitarlo es reivindicar esa historia.

  • El cuerpo como territorio político.
    La autonomía corporal implica libertad para decidir sobre la propia salud, apariencia, movimiento y disfrute.

  • El cuerpo como casa, no como demanda.
    Un espacio a cuidar, no a castigar.

Estas ideas están presentes en debates contemporáneos en medios como BBC Mundo, que analizan cómo la presión estética daña la salud mental y restringe la autonomía, así como en ensayos periodísticos de Anfibia y Gatopardo, donde se explora la experiencia cotidiana del cuerpo femenino como campo de tensiones.


Retos: romper el ciclo de autoexigencia

El cambio no es simple porque el mandato corporal está normalizado. Es un lenguaje que aprendimos desde niñas. Superarlo requiere un trabajo individual y colectivo.

Desaprender el juicio constante.
Significa dejar de evaluar el cuerpo como objeto y empezar a sentirlo como hogar.

Reconocer el impacto emocional.
El diálogo interno afecta autoestima, relaciones y decisiones vitales.

Reescribir el placer.
La cultura muchas veces restringe el disfrute femenino: desde el movimiento hasta la sexualidad. Recuperarlo es un acto de libertad.

Crear espacios seguros.
Amistades, comunidades y entornos que validen el cuerpo real, no el esperado.

Los retos son profundos, pero no imposibles. Las mujeres ya están generando nuevas narrativas donde el cuerpo es lugar de presencia, no de castigo.

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