El silencio también es una forma de resistencia

El silencio también es una forma de resistencia

Vivimos rodeadas de ruido. Ruido mediático, ruido digital, ruido emocional. Todo parece urgir, demandar, opinar. Pero en medio de ese vértigo, hay un gesto radical que cada vez cuesta más ejercer: callar.
No por miedo ni por sumisión, sino por consciencia.
Porque en tiempos que premian la inmediatez y el exceso, el silencio se convierte en un acto político, una forma de resistencia y un espacio de poder.


El ruido como norma

Nuestra cultura ha hecho del ruido una señal de vida: quien no habla, no existe; quien no produce, no vale.
Las redes sociales amplifican esa lógica: opinar se confunde con participar, y el silencio se interpreta como desinterés o debilidad.
Pero esa saturación tiene un costo. Según la Organización Mundial de la Salud, la exposición constante a estímulos sonoros y digitales está directamente relacionada con el aumento de la ansiedad, la falta de concentración y la fatiga emocional.

El ruido no solo es acústico: también es simbólico. Se infiltra en la velocidad con que trabajamos, en la prisa por responder, en la necesidad de ser vistas.
Y, sin embargo, el silencio —ese espacio invisible— sigue siendo el lugar donde las ideas se gestan y el alma se reordena.


El silencio como territorio propio

Para muchas mujeres, el silencio ha sido impuesto durante siglos: no hablar, no interrumpir, no reclamar.
Pero recuperar el silencio como elección es subversivo. Es reapropiarse de un espacio interior que el ruido colectivo intenta colonizar.
La escritora Audre Lorde lo expresó con lucidez: “Mi silencio no me ha protegido. Tu silencio no te protegerá. Pero hay un tipo de silencio que sí puede salvarnos: el que antecede a la palabra justa.”

Ese silencio no es vacío, sino contención. Es pausa fértil, no ausencia.
Callar, a veces, es un modo de cuidar lo que aún no puede nombrarse.


La presencia que nace del silencio

El silencio también es presencia.
En la meditación, en la contemplación, en la escritura o el arte, callar no significa retirarse del mundo, sino habitarlo de otro modo.
El filósofo francés Jean-Luc Nancy decía que el silencio no es falta de sonido, sino una escucha más amplia.
Esa escucha —hacia una misma, hacia las otras, hacia el entorno— es hoy un acto revolucionario.

En una sociedad que premia la visibilidad constante, estar en silencio es reapropiarse del tiempo y del cuerpo. Es decir: yo decido cuándo hablar, cómo decir, qué guardar.


El silencio femenino como poder

El silencio elegido puede ser fuerza creativa.
Artistas, escritoras y activistas lo han reivindicado como estrategia de resistencia: desde las performances de Marina Abramović, que exploran el límite entre cuerpo y ausencia, hasta la obra poética de Alejandra Pizarnik, donde el silencio se convierte en un lenguaje propio.

También lo vemos en los movimientos feministas contemporáneos, cuando las mujeres callan en colectivo para denunciar la violencia, cuando hacen del silencio un símbolo de duelo y dignidad.
En ese instante, el silencio se vuelve grito contenido, presencia compartida, memoria viva.


Recuperar el silencio: un acto de autocuidado

En un mundo que nos exige hablar, producir y demostrar, el silencio puede ser refugio y sanación.
Practicarlo no significa aislarse, sino crear espacios donde la mente respire.
Puede ser un paseo sin auriculares, una tarde sin notificaciones, un minuto antes de responder.
Pequeños rituales de desconexión que devuelven claridad, calma y perspectiva.

El silencio nos enseña a distinguir entre lo urgente y lo importante, entre la voz propia y el eco ajeno.


Callar no siempre es rendirse. A veces, es resistir.
El silencio es una forma de volver a escucharnos, de recuperar el ritmo interno que el ruido del mundo intenta borrar.
Porque solo quien sabe guardar silencio puede luego hablar con sentido.
Y, en esa pausa, redescubrimos lo más poderoso: nuestra voz.

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