A veces, en las madrugadas de los festivales, cuando los focos se atenúan y la alfombra roja pierde brillo, queda flotando en el aire una frase que viaja entre productoras, periodistas y estudiantes de cine: “Lo que está contando el sur, hoy, es lo que el mundo necesita escuchar”. La escuché por primera vez en San Sebastián, mientras una directora peruana sostenía en las manos una libreta donde aún latía el polvo de los Andes. Acababa de estrenar su primera película y hablaba con la serenidad de quien sabe que su historia es pequeña en geografía, pero enorme en la profundidad de lo humano. A su alrededor, jóvenes de México, Argentina, Brasil, Ecuador y España se arremolinaban con la misma mezcla de cansancio y esperanza: esa sensación de que algo está cambiando, de que por fin se abren las puertas para narrar desde nuestras raíces, con nuestras tonalidades, sin necesidad de traducirnos al idioma de otros.
En los últimos años, esa intuición se volvió certeza. Cada edición de los grandes festivales iberoamericanos —Málaga, Guadalajara, San Sebastián— ha revelado una ola de nuevas cineastas que no solo filman, sino que reescriben la forma en que el cine del sur se mira a sí mismo y se proyecta hacia afuera. Llevan consigo un pulso que resuena en múltiples acentos y geografías, un modo de hacer cine que no busca imitar las fórmulas de la industria global, sino proponer un lenguaje propio, uno que nace de la memoria colectiva, de la diversidad cultural, de las heridas que arrastramos y las celebraciones que nos sostienen.
Son historias que huelen a la cocina de la abuela, a los mercados del Caribe, a la montaña que divide pueblos enteros, al barrio que se piensa olvidado y de pronto se ve iluminado en la pantalla. Narrativas donde la cámara no solo observa: acompaña. Donde el paisaje no es decorado: respira. Donde el tiempo no se acelera para cumplir expectativas de algoritmos: se despliega al ritmo de la vida real. Estas nuevas directoras trabajan desde una ética del arraigo; saben que el sur no es un margen, sino un origen, un territorio inagotable de experiencias humanas capaces de dialogar con cualquier espectador del mundo.
Pero lo fascinante no es solo lo que cuentan, sino cómo lo cuentan. Muchas de estas cineastas crecieron en una época en la que la migración, la tecnología y los cruces culturales moldearon identidades híbridas y abiertas. En sus películas conviven la tradición oral de sus comunidades con una estética contemporánea que desafía los límites del cine independiente. Incorporan lenguas indígenas, silencios prolongados, coreografías cotidianas, rituales familiares, archivos personales. Su obra está tejida con una enorme conciencia de historia, pero también con la urgencia de imaginar futuros distintos. Se atreven a construir personajes que no piden permiso para existir: mujeres de territorios rurales, jóvenes racializados, familias atravesadas por la diáspora, cuerpos que buscan su sitio en espacios donde antes eran apenas siluetas borrosas.
La irrupción de estas miradas dialoga también con un momento particular de la industria cultural. Plataformas, fondos y festivales empiezan —tarde, pero empiezan— a comprender que la diversidad no es solo una etiqueta, sino un motor creativo indispensable. Las películas que emergen del sur no son piezas exóticas para coleccionar, sino obras capaces de ampliar el imaginario global, de abrir grietas en la mirada dominante. Frente a un mundo saturado de historias similares, el sur ofrece complejidad, contradicción, memoria. Ofrece humanidad.
Y, sin embargo, este avance no se da sin tensiones. Detrás de cada ovación hay batallas silenciosas: financiamientos que se caen, equipos técnicos que trabajan con presupuestos mínimos, obstáculos burocráticos, falta de pantallas en sus propios países. Muchas cineastas hablan de un doble desafío: abrirse camino en una industria desigual y, al mismo tiempo, cargar con la responsabilidad de representar territorios que han sido históricamente silenciados. Pero es precisamente en ese punto donde surge la potencia transformadora de su trabajo. El cine hecho desde el sur se vuelve un acto de resistencia y también de amor: un modo de recordarnos quiénes somos cuando el ruido del mundo intenta homogeneizarnos.
Durante una función en Guadalajara, una directora colombiana dijo algo que aún guardo en mi libreta: “Contar desde aquí no es hacer cine pequeño; es hacer cine verdadero”. Y en esa frase radica quizá la clave. No buscan competir con gigantes presupuestarios ni replicar estructuras narrativas predecibles. Su apuesta es otra: crear películas que conversen con la memoria de sus pueblos, que se arraiguen en lo íntimo para iluminar lo universal, que abran ventanas hacia mundos que existen, pero que el cine dominante ha preferido ignorar.
Al final, lo que estas nuevas narradoras están logrando es un movimiento cultural de largo aliento. Una especie de tejido continental donde cada película suma una hebra más: la que habla de la violencia heredada, la que revisita la infancia migrante, la que recupera rituales ancestrales, la que inventa futuros posibles desde la periferia. Y mientras ese tejido crece, también crece la sensación de que el sur, por fin, está contando sus historias con voz propia. Una voz que no pide validación, sino escucha. Una voz que no teme la vulnerabilidad, porque sabe que allí reside su verdad más profunda.
Cuando la luz se enciende al terminar la función y el público permanece en silencio unos segundos más, uno entiende que el cine iberoamericano contemporáneo no busca solo entretener: busca conmover, perturbar, acompañar, abrir caminos de pertenencia. Busca, en última instancia, recordarnos que no estamos solos, que nuestras historias dialogan entre sí a través de fronteras y océanos, que el sur —con toda su diversidad y complejidad— tiene mucho que decir y apenas está comenzando a hacerlo.
Quizás eso explique por qué, incluso después de horas de proyecciones, aún hay jóvenes cineastas que se quedan sentadas en los pasillos, anotando ideas bajo la luz tenue del celular, soñando con la película que algún día harán. Saben que cada historia es una puerta, y que del otro lado siempre hay alguien esperando reconocerse. En esa espera habita la verdadera magia del cine: la posibilidad de encontrarnos, de volver a mirarnos, de construir un futuro donde nuestras voces —todas nuestras voces— tengan un lugar en la pantalla.
Y entonces, cuando vuelve la noche sobre el festival y el murmullo se apaga, queda claro que el sur no está reclamando un espacio: lo está creando. Un espacio donde nuestras narrativas florecen y, al hacerlo, reescriben la manera en que el mundo nos imagina. Un espacio que late con la fuerza de una certeza que ya no se puede frenar: nuestras historias importan. Y han venido para quedarse.
















