María A. Blasco: El tiempo biológico y el liderazgo en el laboratorio

María A. Blasco: El tiempo biológico y el liderazgo en el laboratorio

María A. Blasco envejecimiento saludable es el punto de partida de una certeza incómoda: el tiempo no avanza igual para todos. Hay relojes que no se ven, pero que laten con precisión microscópica dentro de cada célula. En uno de los laboratorios más influyentes de Europa, ese pulso invisible se ha convertido en una pregunta radical sobre cómo vivir mejor, más y con sentido. Allí trabaja María A. Blasco, una científica que ha hecho del envejecimiento saludable no solo un campo de estudio, sino también una forma de liderazgo basada en comprender los ritmos profundos —de la biología y de las personas— que sostienen la innovación.

Desde su despacho, rodeada de tubos de ensayo y pizarras llenas de hipótesis, Blasco habla del envejecimiento como quien habla del clima: una condición inevitable que, sin embargo, puede ser comprendida, anticipada y transformada. No se trata de perseguir la juventud eterna, insiste, sino de ampliar la vida saludable, ese tramo donde el cuerpo y la mente siguen siendo territorios habitables. La ciencia, para ella, no es una carrera contra el reloj, sino una negociación constante con el tiempo.

Su trabajo con los telómeros —esas estructuras que protegen el final de los cromosomas y que se acortan con cada división celular— cambió la manera de pensar el envejecimiento. Allí donde antes se veía un desgaste irreversible, Blasco y su equipo introdujeron una conversación distinta: la posibilidad de intervenir, de cuidar, de retrasar el deterioro sin violentar la naturaleza. En esa frontera delicada entre lo posible y lo ético, la científica encontró también una definición personal del liderazgo.

Dirigir el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas no es solo una responsabilidad administrativa. Es, sobre todo, un ejercicio de escucha. Blasco suele decir que los laboratorios son ecosistemas frágiles, donde la presión por publicar, conseguir fondos y competir globalmente puede erosionar la curiosidad que dio origen a la vocación científica. Su desafío ha sido sostener una visión a largo plazo en un sistema que premia la inmediatez, y hacerlo sin perder la dimensión humana de quienes investigan.

En un mundo académico todavía atravesado por inercias jerárquicas y sesgos de género, su figura encarna una forma distinta de autoridad. No lidera desde la distancia, sino desde la pregunta. ¿Qué necesitas para pensar mejor? ¿Qué condiciones hacen falta para que una idea arriesgada tenga espacio? En esas preguntas se juega, quizás, la clave de su gestión: entender que el conocimiento florece cuando el tiempo deja de ser enemigo y se convierte en aliado.

Blasco reflexiona sobre el envejecimiento saludable con la misma lógica con la que organiza equipos. Así como una célula necesita equilibrio entre reparación y renovación, una institución científica requiere estabilidad y cambio. Demasiada rigidez conduce al estancamiento; demasiada prisa, al error. Su liderazgo propone un punto medio, una cadencia que permita avanzar sin romper lo esencial.

La curiosidad, afirma, es una forma de rebeldía. Mantenerla viva en contextos de alta exigencia es un acto político. En sus conversaciones públicas, Blasco suele recordar que la ciencia no avanza solo por grandes descubrimientos, sino por la acumulación paciente de preguntas bien formuladas. Y que esa paciencia, en tiempos de urgencia global, es un recurso escaso que hay que proteger.

Hablar con ella es advertir que el tiempo biológico no es solo un objeto de estudio, sino una metáfora poderosa. Así como el cuerpo guarda memoria de lo vivido, las instituciones guardan memoria de cómo se lideraron. El legado de Blasco no se medirá únicamente en papers o premios, sino en generaciones de investigadoras e investigadores que aprendieron que pensar despacio también es una forma de valentía.

Al final, su mirada sobre el futuro no es apocalíptica ni ingenua. Sabe que envejecer es inevitable, pero también que la manera en que envejecemos —como individuos y como sociedad— es una elección colectiva. En ese cruce entre ciencia y liderazgo, María A. Blasco propone algo profundamente transformador: reconciliarnos con el tiempo, escucharlo, y liderar desde esa escucha. Porque quizá el verdadero progreso no consista en ganarle años a la vida, sino vida a los años.

Te puede interesar

Nuestras Periodistas