El tiempo propio hoy no alcanza, no porque falten horas, sino porque sobran exigencias. Días en los que incluso el descanso parece tener que justificarse, como si detenerse fuera una forma de traición silenciosa al mandato de estar siempre haciendo algo. Vivimos rodeados de relojes, agendas, recordatorios y métricas que nos dicen cuán productivos somos, pero casi nunca nos preguntan cómo estamos. En ese paisaje, recuperar el tiempo propio se vuelve un gesto incómodo, casi subversivo.

El tiempo propio no es el que queda después de cumplir con todo lo demás. No es el sobrante, el margen, el premio por haber sobrevivido a la jornada. Es un tiempo que se decide, que se toma, que se defiende. Un tiempo sin objetivo claro, sin rentabilidad visible, sin una lista de tareas esperando ser tachadas. Un tiempo para pensar sin urgencia, para crear sin expectativa, para descansar sin culpa. Y, justamente por eso, es un tiempo profundamente político.

La cultura de la productividad nos enseñó que el valor personal se mide en resultados. Que descansar es perder oportunidades. Que el ocio es sospechoso. Que detenerse es quedarse atrás. Bajo esa lógica, el tiempo deja de ser experiencia y se convierte en recurso. Algo que se invierte, se optimiza o se desperdicia. Algo que siempre debería estar al servicio de algo más grande, más útil, más visible. Algo que rara vez nos pertenece del todo.

En ese marco, la pausa aparece como una amenaza. Porque pausar es interrumpir el flujo. Es correrse del ritmo impuesto. Es decir “hasta acá” en un sistema que siempre pide un poco más. La pausa no produce titulares ni estadísticas. No genera contenido inmediato ni resultados cuantificables. Pero produce algo que hoy escasea: espacio interior. La posibilidad de escucharnos sin ruido. De preguntarnos qué queremos, qué nos duele, qué nos cansa, qué nos entusiasma todavía.

Defender el ocio y el tiempo propio no es romantizar la inactividad ni negar las condiciones materiales que muchas veces hacen del descanso un privilegio. Es, más bien, cuestionar un modelo que naturaliza el agotamiento y lo presenta como virtud. Es preguntarnos por qué estamos tan cansados incluso cuando hacemos lo que supuestamente amamos. Es reconocer que el cansancio crónico no es una falla individual, sino una consecuencia colectiva de un sistema que no sabe frenar.

El tiempo propio es el lugar donde se gestan las ideas que no responden a la urgencia del mercado. Donde nacen preguntas que no buscan ser monetizadas. Donde se alojan las emociones que no entran en un calendario. Es el tiempo de la lectura sin apuro, de la caminata sin destino, de la conversación que no tiene que llegar a ninguna conclusión. Es el tiempo que nos devuelve una relación más honesta con nosotros mismos.

No es casual que la falta de tiempo vaya de la mano del malestar emocional. Cuando todo está programado, medido y acelerado, no queda margen para procesar lo que vivimos. Las emociones se acumulan como notificaciones sin abrir. El cuerpo avanza, pero la mente se queda atrás. El tiempo propio es ese espacio donde ambas cosas pueden volver a encontrarse.

Recuperarlo no es fácil. Implica desobedecer expectativas, internas y externas. Implica tolerar la incomodidad de no estar disponibles todo el tiempo. Implica aprender a decir no, incluso cuando nadie más parece hacerlo. Implica aceptar que no todo lo valioso es visible ni compartible. Que hay experiencias que no se documentan, que no se convierten en contenido, que no suman puntos en ningún algoritmo, pero que sostienen la vida.

Hay algo profundamente revolucionario en elegir descansar en un mundo que se glorifica por no hacerlo. En apagar el dispositivo cuando todavía hay mensajes sin responder. En cerrar la computadora antes de que el cuerpo colapse. En reclamar el derecho a no ser eficientes por un rato. Ese gesto, pequeño y silencioso, cuestiona una lógica entera. Nos recuerda que no somos máquinas. Que no vinimos solo a producir. Que existir también es suficiente.

Recuperar el tiempo propio no se pide permiso. Se ejerce. Y en ese ejercicio, se abre la posibilidad de otra forma de estar en el mundo. Una más lenta, más atenta, más humana. Tal vez no cambie el sistema de inmediato, pero cambia algo fundamental: la relación que tenemos con nosotros mismos. Y a veces, ese es el primer acto radical que necesitamos.

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