Teresa Perales: liderazgo que nace de la resiliencia

Teresa Perales: liderazgo que nace de la resiliencia

La primera vez que Teresa Perales habló públicamente de miedo no fue ante una cámara ni frente a un auditorio lleno. Fue, según recuerda, en una piscina silenciosa al amanecer, cuando aún no era la deportista más laureada de España, sino una joven que intentaba reconciliarse con un cuerpo que ya no obedecía a las mismas reglas. En ese instante íntimo, suspendida sobre el agua fría, entendió que su vida iba a construir un relato distinto: no uno de limitaciones, sino uno de posibilidades. Ese momento marcaría el inicio de una forma de liderazgo que, con los años, se convertiría en una referencia mundial de humanidad, fortaleza interior y empatía activa.

Hablar con Teresa es descubrir que su historia deportiva es apenas la superficie. Detrás de cada medalla hay una filosofía que desborda los límites del deporte: la convicción de que la resiliencia no es un talento innato, sino una práctica diaria que se cultiva con paciencia, humor y una profunda honestidad con una misma. Lo dice sin grandilocuencia, con esa serenidad que tienen quienes han hecho las paces con sus propias sombras. Su paralización, explica, no la definió; la empujó a hacerse preguntas nuevas. Y en ese camino aprendió que el liderazgo auténtico surge cuando dejas de demostrar algo al mundo y decides, en cambio, acompañarlo.

A lo largo de su carrera, Teresa ha demostrado que la fortaleza no es una pose heroica, sino una forma de estar en el mundo. No se trata de ocultar el dolor, sino de transformarlo en un puente hacia los demás. En las entrevistas recientes, insiste en que la empatía es la herramienta más poderosa que ha desarrollado dentro y fuera del agua. De niña, creía que la fuerza tenía que ver con aguantar sin quebrarse; ahora sabe que la verdadera fuerza está en permitirte sentir, compartir y escuchar. Esa evolución íntima es la que ha moldeado su liderazgo y la ha llevado a convertirse en una voz respetada que inspira a personas de todas las edades, especialmente a mujeres que buscan en su experiencia un mapa para navegar sus propias adversidades.

Su trayectoria paralímpica es un ejemplo de disciplina y excelencia, pero también de una intuición emocional que rara vez se reconoce con la misma contundencia que los récords. Teresa explica que, en cada ciclo competitivo, la pregunta no era únicamente si podía ir más rápido, sino qué podía aprender de sí misma. A veces la respuesta llegaba en forma de victoria; otras, en forma de pérdida. Pero siempre traía una enseñanza que después compartía generosamente con jóvenes atletas, equipos de trabajo o audiencias que se descubrían reflejadas en sus palabras. En un mundo acostumbrado a celebrar el rendimiento por encima de la persona, su mirada ofrece un contrapunto necesario: la idea de que el éxito es sostenible solo cuando no se sacrifica la humanidad en el proceso.

En entrevistas con medios especializados, habla de cómo la sociedad ha romantizado la superación personal hasta convertirla en una exigencia casi impuesta. Ella, en cambio, reivindica el derecho a transitar las dificultades sin presiones ni narrativas triunfalistas. La resiliencia, para Teresa, no es un espectáculo; es una relación honesta con la vida. Y esa definición desmonta expectativas y abre espacio para una conversación más profunda sobre salud mental, accesibilidad y equidad en el deporte. También revela la sensibilidad política y social que acompaña su faceta pública, una voluntad constante de usar su plataforma para impulsar cambios reales, desde la inclusión hasta la visibilidad de las mujeres deportistas.

En los últimos años, su figura trascendió el ámbito deportivo para convertirse en un símbolo de inspiración. No por las medallas —que ya superan las que cualquier otro atleta español haya conseguido— sino por la manera en que narra su historia: sin artificios, sin edulcorar el esfuerzo, sin convertir su vida en un mito. Teresa habla desde la verdad, y esa autenticidad resuena con quienes buscan referentes más humanos y menos infalibles. Ella misma recuerda que el liderazgo no es un pedestal, sino un proceso de corresponsabilidad con la comunidad. Por eso insiste en que cada logro cobra sentido cuando se comparte, cuando se convierte en impulso colectivo, cuando ilumina el camino de otra persona.

Al final, lo que Teresa Perales nos invita a comprender es que la resiliencia no empieza en los grandes retos, sino en las pequeñas decisiones del día a día: levantarse cuando el cuerpo pesa, pedir ayuda cuando el ánimo flaquea, reconocer que la vulnerabilidad no contradice la fortaleza, sino que la completa. Su liderazgo nace de esa coherencia íntima, de ese equilibrio entre acción y pausa, entre disciplina y ternura, entre ambición y cuidado. Y quizás por eso su historia sigue despertando admiración, porque nos recuerda que la transformación real comienza dentro de una misma antes de hacerse visible fuera.

Hoy, mientras continúa sumando capítulos a una carrera extraordinaria, Teresa Perales encarna una forma de liderazgo que se siente urgente y profundamente contemporánea. Un liderazgo que no se impone, sino que acompaña; que no busca perfección, sino sentido; que no separa el éxito de la humanidad, sino que los une para construir futuro. Su voz, luminosa y firme, nos deja una invitación abierta: abrazar nuestra propia resiliencia y convertirla en fuerza compartida. Porque al final, como ella demuestra con cada brazada, liderar es un acto de esperanza.

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