Una corriente entre ética, sensibilidad y acción colectiva
Aunque el feminismo tiene múltiples voces, ritmos y territorios, en los últimos años ha emergido una mirada que crece con fuerza: un feminismo que reconoce la ternura como práctica política y la empatía como estrategia transformadora. No es un gesto ingenuo ni una postura romántica; es una respuesta ética ante la dureza de los contextos sociales actuales.
En artículos de opinión de The Guardian y El País, así como en ensayos de UN Women, se observa un interés creciente por el liderazgo emocional como un modo de resistir sin reproducir violencias. Según estas miradas, la sensibilidad no debilita la lucha: la afina.
Este enfoque propone revisar cómo se sostiene la militancia, cómo se construyen los vínculos dentro de los movimientos y qué tipo de liderazgo se necesita para avanzar sin desgastar a las personas que forman parte de ellos.
El corazón del concepto: ternura como fuerza política
El feminismo de la ternura parte de una premisa sencilla: la justicia social no está reñida con el cuidado. En lugar de equiparar fuerza con dureza, esta corriente reconoce la potencia de liderar desde la vulnerabilidad consciente, la escucha profunda y la capacidad de ver al otro sin deshumanizarlo.
La ternura se vuelve un acto político porque se opone a la lógica del desgaste, la competencia y el enfrentamiento permanente. Es un feminismo que impulsa el cambio sin caer en la violencia simbólica, que cuestiona sin humillar, que confronta sin destruir.
Este enfoque no evita el conflicto —porque el feminismo nace del conflicto necesario—, pero lo gestiona desde principios de respeto, empatía y responsabilidad afectiva. Como sugieren ensayistas vinculadas a UN Women, el movimiento necesita espacios donde las discrepancias no rompan el tejido colectivo, sino que lo enriquezcan.
Liderar desde la sensibilidad: una tarea compleja pero necesaria
En muchas organizaciones feministas, así como en colectivos artísticos, académicos y comunitarios, se observa un cambio generacional hacia liderazgos que integran inteligencia emocional y visión estratégica. En columnas recientes, The Guardian Opinion analiza cómo la sensibilidad aplicada al liderazgo no implica renunciar al rigor, sino complementarlo.
Este tipo de liderazgo encara preguntas difíciles:
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¿Cómo sostener luchas de largo aliento sin agotarse emocionalmente?
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¿Cómo crear movimientos donde la potencia no dependa del sacrificio extremo?
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¿Cómo cultivar espacios donde las mujeres no tengan que endurecerse para ser tomadas en serio?
La respuesta se encuentra en la combinación de firmeza y ternura. En comprender que el cuidado interno del movimiento es, también, una forma de acción política. Que el bienestar colectivo no es un lujo, sino una condición para persistir.
Tensiones, desafíos y oportunidades
El feminismo de la ternura no está exento de tensiones. Una crítica frecuente es que la sensibilidad puede diluir la contundencia de las demandas o generar lecturas equivocadas en contextos donde se requiere denuncia frontal. Sin embargo, como plantea El País Opinión, la ternura no debe entenderse como suavidad, sino como claridad ética: una manera de abordar los conflictos sin replicar los esquemas que históricamente dañaron a las mujeres.
Uno de los desafíos centrales es evitar que el cuidado se vuelva una carga desproporcionada para algunas, especialmente en grupos donde ciertas mujeres asumen de manera automática las tareas emocionales y organizativas. Esta corriente feminista destaca la importancia de distribuir el cuidado de manera justa dentro de los movimientos.
La oportunidad, en cambio, reside en su capacidad de generar comunidades más duraderas, inclusivas y resilientes. Cuando los vínculos se sostienen con prácticas afectivas claras —escucha, límites, acompañamiento—, el movimiento se fortalece tanto en lo político como en lo humano.
La ternura como práctica transformadora
En un escenario global marcado por polarización, discursos violentos y agotamiento colectivo, este feminismo propone un cambio profundo: resistir sin que la lucha nos rompa.
La ternura no es un fin en sí mismo, sino un medio para sostener las demandas de igualdad sin perder la dimensión humana. Es una forma de recordarnos por qué luchamos: no para ganar debates, sino para construir vidas más dignas.
El feminismo de la ternura invita a repensar los modos de estar juntas, de discutir, de liderar y de sanar. A preguntarnos cómo queremos transformar el mundo, pero también cómo queremos transformarnos entre nosotras.
Es, en definitiva, un feminismo que reconoce que la sensibilidad, lejos de ser un límite, puede ser una brújula.

















